lunes, 18 de mayo de 2009

Nostalgias del pais perdido...


Recordando a Silvia Bleichmar...

Somos herederos de una historia inconclusa, irrealizada, soñada y renunciada por generaciones. El desafío es recrear la proeza de su fundación.
Silvia Bleichmar. Psicoanalista.
Durante más de cincuenta años los argentinos leímos, una y otra vez, en el Billiken, la gesta de Mayo. Durante más de cien años, a partir de la fundación de la enseñanza pública representamos, una y otra vez, en los actos escolares, damas de miriñaque, caballeros de galera, negritas mazamorreras, vendedores de velas, serenos, aguateros.

Durante varias generaciones dibujamos, una y otra vez, la casa de Tucumán con sus trencitas retorcidas delanteras y el Cabildo con ventanitas verdes, cantamos la marcha de San Lorenzo y esbozamos, calcamos, difuminamos, pegamos, imágenes de San Martín a caballo, de frente, de viejo, de joven, salvado por Cabral, montado en su caballo blanco, rodeado de mulas, abrazado a O''Higgins...

Año tras año, en mayo, julio y agosto, recibimos, intentando adherir a nuestro ser, la gesta libertadora, la fundación de la Patria, la Revolución y la Independencia. No nos fue fácil diferenciarlas: nunca entendimos muy bien, ni siquiera de niños, qué querían decir política y económicamente cada uno de esos gestos fundantes.

Supimos desde siempre que existimos a partir de ellos; se nos dijo que somos libres y nos ganamos el respeto del mundo a partir de ellos, que no seríamos sino una colonia sin ellos, que a partir de eso ya no dependemos de la voluntad de rey extranjero alguno, que no tendríamos bandera, himno ni escarapela si no fuera por ellos, que somos dignos y que, a Dios gracias, todo ello nos permite, en los actos escolares, bailar el pericón y no la gavota.

Y sin embargo, pese a todo esto, irreductiblemente, irremediablemente, los argentinos seguimos diciendo, cuando nos referimos a la que deberíamos llamar nuestra patria, "este país". Y seguimos buscando la identidad en cosas aparentemente triviales, la buscamos desesperadamente, ardientemente, hasta que nos duelen las manos y los ojos de añoranza, explorando en esas pequeñas cosas rastros de aquello que nos permita detectar un resto de la que suponemos es nuestra identidad perdida: nos sentamos en aviones de Aerolíneas Argentinas, buscamos las estaciones YPF para cargar nafta, comemos alfajores Havanna, sumergimos en el té bizcochitos Canale, vamos a ver la quebrada de Humahuaca, nos detenemos un momento en Purmamarca, pasamos rápido ante la sala del velatorio de Lavalle en Jujuy, escuchamos turísticamente que hasta allí se llevaron a través del país los restos mutilados de un cuerpo despedazado sin juntarlo con los cuerpos despedazados con los que en cada siglo "el país", "este país" se cobra de manera siniestra su cuota de horror, no sólo de sangre.

Sentimos, sin saberlo del todo, que ya no hay aviones de línea nacional, ni nafta de extracción nacional, ni bizcochitos Canale ni alfajores Havanna hechos por viudas o familias de inmigrantes, y que el norte fue arrasado hace ya tanto tiempo que ni siquiera podemos sospechar que los bosques de quebracho que alguna vez poblaron la desolada tierra salteña se fueron en el tanino con el cual se curtieron los cueros que salieron al mundo, y que junto a los cueros se curtieron los cuerpos de quienes los trabajaron hasta dejarlos grises y parejos con el color de la miseria, y que los sabores se tornan cada día más extraños, y que por eso buscamos desesperadamente, aferrados a esas migas de alfajor de maizena despedazado de lo que alguna vez fue la patria, el sabor y el olor de lo que amamos.

Y cuando nos levantamos a la mañana seguimos buscando en el guardapolvo blanco el símbolo de un proyecto de país tendido hacia el futuro, sabiendo que ese guardapolvo ha devenido la marca de la pobreza, que cada niño que porta el uniforme del país que quisimos ser es hoy un candidato a la miseria y la marginación, y que nos alegramos cuando los vemos manchados con mate cocido, café con leche o sopa, porque el color impoluto que fue orgullo de generaciones de madres es hoy la uniformidad de la miseria que sólo se ve arrancada de sí misma por la voluntad infantilmente férrea de quienes se resisten a dejar de ser.

Y como los esclavos negros que en el Brasil colonial acuñaron una palabra con la cual expresar sentimientos que estaban más allá de lo representable, y encontraron en el vocablo banzo —un fragmento de la lengua madre de Angola caído para llenar el vacío que el portugués abría sobre la nostalgia— un modo de expresar esa extraña añoranza de lo no conocido, de la tierra de los ancestros, del escenario mítico en el cual se despliega el recuerdo de la libertad nunca vivida, los argentinos intentamos capturar el reflejo empobrecido en sonidos e imágenes de la patria que las figuritas y representaciones de la infancia nunca terminaron de hacer vívida.

Derecho a la identidad

Porque si seguimos diciendo "este país" es porque nunca pudimos sentirnos dueños de su cuerpo. Y el territorio cercado por el cual periódicamente circulamos libremente nunca terminó de ser poseído por nosotros, y cada vez que intentamos poseerlo nos despedazaron, y cada vez que dijimos que teníamos derecho a definir su historia nos derrotaron, y la identidad es entonces un sueño que periódicamente se torna pesadilla y nos vemos compulsados a un dormir sin sueños.

Por eso añoramos lo que nunca tuvimos, y a cada niño que aprende la historia patria deberíamos enseñarle que los héroes de la Independencia no nos legaron más que un proyecto, y que la única manera de que la independencia deje de ser una figurita que se pega en el cuaderno es enseñándole que él es el heredero de esta historia inconclusa, irrealizada, soñada y renunciada por generaciones, y que cada uno deberá reeditar y recrear la proeza de su fundación.

Y deberemos enseñarles, también a nuestros niños, que sí tienen derecho a la identidad, pero que esta identidad no es simplemente la herencia étnica del crisol en el cual se gestó la amalgama entre la Argentina indígena y el país criollo, ni del mestizaje entre gringos y charrúas, ni entre negros y lo que fue sedimentando de todo lo demás, ya que la extinción de los tobas es también la extinción de la pampa gringa a manos de los rentistas de la tierra. Y deberemos decirles también que esa identidad no fue nunca concluida, y que es mentira que Argentina y Australia tuvieron el mismo punto de partida y nosotros, los argentinos, por imbéciles, dejamos que todo se nos fuera de las manos, ya que en realidad el destino no estuvo en nuestras manos sino por breves períodos, y no lo dejamos ir sino que nos lo arrancaron. Y en eso sí tenemos una responsabilidad, que no es lo mismo que tener la culpa, ya que no tuvimos la fuerza necesaria para impedir que los ladrones, los verdaderos culpables de nuestra miseria, fiestearan a nuestra costa y aceptamos en cierto momento los huesos y en otro salvamos el pellejo, pero nunca pudimos evitar que se llevaran lo nuestro.

Y también deberemos transmitirles la idea de que la historia por la Independencia no acabó en el 1800, y que si no hay muchos que tengan algún ancestro que peleó en Vilcapugio y Ayohuma, ya hay millones de nietos de hombres y mujeres que pelearon batallas durante todo el siglo XX, y que los padres, abuelos y bisabuelos de nuestros escolares estuvieron en el 30 defendiendo la democracia o siendo arrasados por el golpe de Uriburu, y avanzaron sobre la Capital en el 45, y fueron reprimidos en el 50, y luego masacrados en el 55, y estuvieron en la fundación de sindicatos y escuelas, y participaron de las luchas en defensa de la Universidad de los 60, y se plantearon, de uno u otro modo, construir un país distinto en los 70, y se quedaron y resistieron como pudieron o se fueron al exilio y volvieron, y siguieron resistiendo, y murieron en la Plaza de Mayo en el 2001, y en los piquetes en el 2002, y fundaron comedores populares e hicieron teatro en las plazas, y escribieron poemas, artículos, libros, botellas al mar de la Web. Y que diariamente reparten si no escarapelas celeste y blancas, comidas en ollas improvisadas en el medio de la calle que comparten con sus hijos que se ponen los guardapolvos blancos luego de marchar por esas mismas calles construyendo una historia que les permita sentir que recuperan su posibilidad de futuro.

Y entonces sí, cuando hayamos podido cobrar dimensión de esta historia, la rudimentaria identidad de sabores y olores con la que persistimos tenazmente aferrándonos para seguir siendo algo más que habitantes de este territorio, podrá ser afirmada en el pasaje a la apropiación definitiva de un país que llevamos inscripto hasta el borde de la desesperación y la nostalgia.

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