viernes, 6 de marzo de 2009

educar es una acto de coraje entrevista a Fernando Savater


Entrevista a Fernando Savater: educar es un acto de coraje
El autor de El valor de educar habla, desde su rol de filósofo. Asegura que si bien siguen planteados los eternos interrogantes de siempre -quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos-, surgen en el presente nuevas preguntas relacionadas con la existencia o no de vida en otros planetas, la irrupción de la genética o el desafío planteado por enfermedades como el sida.
P: ¿Sigue siendo optimista en cuanto al rol que desempeña la educación? R: Sigo siendo una persona que no ve alternativas al rol fundamental que cumple la educación. No es que piense que lo puede resolver todo. Pero entiendo, como ya lo he dicho en mi libro El valor de educar, que la mayoría de nuestros problemas podrían empezar a solucionarse en ese campo. Desgraciadamente hay poco espacio real para el optimismo ya que, como todos sabemos, la educación es un servicio caro, complejo y que genera todo tipo de dificultades en muchos países. Y en América latina, para no hablar de las naciones africanas, esas dificultades son graves. Para concluir en este punto: no es que yo piense que la educación nos llevará al reino celestial, sino que sinceramente no sé cómo podrían mejorarse realmente las condiciones del mundo sin pasar primero por mejorar la educación.
P: A veces ocurre que los propios docentes se muestran desganados o poco estimulados. ¿Nota que se den clases de una manera ciertamente rutinaria o burocrática?
R: Sí, y con no poca frecuencia los profesores nos quejamos de que nuestros alumnos son apáticos o faltos de motivación. Pero deberíamos darnos cuenta de que somos nosotros los que tenemos la función de motivarlos. Si los alumnos ya estuvieran entusiasmados, nosotros sobraríamos. Bastaría con recomendarles un libro o que se metan a navegar por internet. Justamente porque las cosas no funcionan de ese modo hacen falta docentes buenos, de carne y hueso, que no se limiten a transmitir conocimientos sino a motivar. Es obvio que eso no puede hacerlo un burócrata o un señor muy apegado a la rutina. La educación es un acto de coraje y no es aconsejable para cobardes. No hay que olvidar, de todos modos, que todos los docentes somos seres humanos y muchas veces estamos abrumados por las burocracias, por los bajos presupuestos y por la falta de comprensión de la sociedad hacia nosotros. Pero aun así actuamos, en la mayoría de las veces, con una escondida fe en lo que hacemos.
P: ¿Su fe se extiende al futuro del mundo en general?
R: En cierto sentido sí. Si bien nadie puede creer en un futuro radiante tal como están las cosas, al menos creo que es posible producir mejoras en ciertos aspectos. Con esfuerzo tal vez se podrían erradicar ciertas plagas, amortiguar el hambre y las guerras. Claro que con cada solución aparecen nuevos problemas. Las mismas intervenciones biogenéticas que pueden dominar ciertas enfermedades son capaces de generar otras nuevas.
P: El político y escritor italiano Antonio Gramsci creía que el optimismo de la voluntad solía ir acompañado del pesimismo de la inteligencia...
R: Coincido básicamente con esa idea; la inteligencia puede darse el lujo de comprender esto que venía diciendo sobre las mejoras que traen nuevas dificultades. Pero la voluntad no puede sino ser optimista.
P: ¿Qué relación mantiene con internet?
R: Soy algo torpe con ella y la uso mal. Me parece que hoy la red de redes es más que nada un gran entretenimiento. Y el 90 por ciento de lo que circula por internet es publicidad comercial. Yo la uso apenas para buscar cosas concretas. Y lo hago, claro, en la medida de mis posibilidades, que son pequeñas debido, como ya he dicho, a mi torpeza en ese campo.
P: Busca datos pero elude la navegación...
R: Para navegar prefiero los libros, los sueños y los barcos. De todos modos pienso que internet puede y debe incorporar más a los estudiantes. No porque la red tenga una virtud educativa intrínseca, sino porque es un poderoso instrumento, una enciclopedia virtual al alcance de mucha gente. Aun así sigo resaltando el valor de la persona real que enseña a individuos reales. La alternativa, si no, es la soledad, el individualismo, el saber por el saber.
P: ¿A la larga ese aislamiento puede resultar peligroso?
R: Es posible. Pero hasta ahora la humanidad ha sido muy individualista y no ha desaparecido por eso. Incluso el egoísmo puede comprender también una necesidad de colaboración. Porque así como hay un egoísmo obtuso que no entiende lo que verdaderamente conviene a la mayoría, existe también una forma de egoísmo que entiende que el ser humano es un ser social, que la vida en sociedad exige una imaginación colectiva y una preocupación por los demás.
P: ¿Qué es lo que más le interesa de las carreras? R: Me interesa el ritual, el esfuerzo, el pura sangre como obra de arte y ese mundo también literario donde intervienen el juego, el esfuerzo, el riesgo y la pasión. Todo eso pasa en una carrera. P: Muchas veces los humanos parecemos caballos en plena carrera... R: Pues claro, y vaya si hay obstáculos que superar. Algunos sólo piensan en ganar. Yo creo que el ser humano no debería vivir obsesionado por una victoria definitiva. Hay un poema muy hermoso del poeta checo Rainer María Rilke en el que se pregunta: "¿Quién habla de triunfo? ¿Quién dice victoria? Eso no es todo". Pienso lo mismo. Supongo que aprender a vivir una vida compartida, con sus satisfacciones escalonadas en cada momento, es mucho mejor que soñar con una gran victoria a partir de la cual, dicho sea de paso, quedaríamos vacíos. P: Como cuando se creía que el mundo marchaba hacia una liberación total. R: Exacto. Y aún hoy existe gente según la cual llegar a la plenitud es poseer tanto dinero como Bill Gates. P: ¿Qué piensa al respecto? R: Que debemos conseguir entre todos una vida terrenal más humana y solidaria y menos cruel que la presente.
P: ¿Es difícil filosofar en un mundo fascinado por las preguntas prácticas? R: Lo difícil es reflexionar de una manera independiente. Un amigo mío opina que cuando alguien dice "yo pienso" o "yo creo" debería decir "yo repito". Daría la impresión de que pensar hoy en día es básicamente citar a otro. Y eso a mí no me interesa. Tampoco me importa la filosofía concebida como un lenguaje privado de un grupo de profesores especializados. P: ¿A qué apunta usted como filósofo? R: A moverme en un ámbito reflexivo y constante sobre la vida, a no quedarme solamente en lo instrumental. No es que no me divierta leer un debate académico que, con gran sutileza, discuta un buen texto de Kant . Pero lo que más me atrae es encontrar el sentido último de las cosas. P: ¿Cree que las preguntas de hoy continúan siendo las mismas de siempre? R: Algunas lo son, otras son nuevas. La pregunta sobre si hay vida en otros planetas no pudo realizarse en la Edad Media. Preguntarse en qué consiste la carga genética que nos transmitimos también es una novedad. Después, claro, los temas eternos: la vida, la muerte, la justicia, la soledad del hombre y el sentido de la vida.
P: ¿Cree usted que la vida tiene, intrínsecamente, un sentido, más allá del que cada uno le pueda dar a la propia?
R: No sin nosotros. Lo que nos da sentido es, precisamente, la misma vida. Lo que no tiene sentido es preguntarnos cuánto mide el metro con el cual medimos ese sentido, porque no existe un modelo único de existencia. La vida fuera de nosotros no tiene sentido. Pero para nosotros sí lo tiene.
P: ¿Qué cosas le dan placer?
R: Soy una persona de gustos sencillos. Disfruto de una buena comida, de un amanecer, de fumar buenos cigarros, de leer un libro, de un buen vaso de vino blanco. No soy nada rebuscado.
P: ¿Tiene alguna imagen formada de los argentinos?
R: Por suerte, ninguna. Del mismo modo espero que los argentinos no tengan una idea formada de los españoles. Tengo en ese país buenos amigos, gente concreta en la que pienso cuando escucho un tango o recuerdo mis paseos por el hipódromo de Palermo. Pero la verdad es que nunca me gustaron los arquetipos .
Enlaces a sitios de interés
Sitio que reproduce el discurso completo que pronunció Fernando Savater al ser distinguido -dos años atrás en una universidad venezolana- con el título Honoris Causa. Allí el pensador se define como un "infiltrado" en el mundo universitario, un espía que trae vientos y voces de otros ámbitos. La disertación es extensa pero sustanciosa.
Prólogo al libro El valor de educar
Carta a la maestra
Célebre ensayo de Fernando Savater (Ariel, 1997) donde se intenta responder qué es la educación, qué esperamos de ella y si su razón de ser estriba meramente en transmitir conocimientos o implica también formar ciudadanos libres y criteriosos para vivir en democracia. El libro aborda también la tensión entre disciplina y libertad, el eclipse de las humanidades, los límites de la neutralidad escolar, el papel de la familia, la formación moral y su relación con el sexo. Savater completa su trabajo con una breve antología de textos filosóficos y escritos diversos sobre el tema educativo. El valor de educar se abre con una carta dirigida a una maestra y se cierra con otra destinada a una ministra de la cartera educativa.
Permíteme, querida amiga, que inicie este libro dirigiéndome a ti para rendirte tributo de admiración y para encomendarte el destino de estas páginas. Te llamo "amiga" y bien puedes ser desde luego "amigo", pues a todos y cada uno de los maestros me refiero: pero optar por el femenino en esta ocasión es algo más que hacer un guiño a lo políticamente correcto. Primero, porque en este país la enseñanza elemental suele estar mayoritariamente a cargo del sexo femenino (al menos tal es mi impresión: humillo la cerviz si las estadísticas me desmienten); segundo, por una razón íntima que queda aclarada suficientemente con la dedicatoria de la obra y que quizá subyace, como ofrenda de amor, al propósito mismo de escribirla.
En lo tocante a la admiración, tampoco hay pretensión de halago oportunista. Vaya por delante que tengo a maestras y maestros por el gremio más necesario, más esforzado y generoso, más civilizador de cuantos trabajamos para cubrir las demandas de un Estado democrático. [...]
Actualmente coexiste en este país -y creo que el fenómeno no es una exclusiva hispánica- el hábito de señalar la escuela como correctora necesaria de todos los vicios e insuficiencias culturales con la condescendiente minusvaloración del papel social de maestras y maestros. ¿Que se habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.? Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa -desde luego no sin fundamento- en la escuela el campo de batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya dificilísimo erradicar. Cualquiera diría por lo tanto que los encargados de esa primera enseñanza de tan radical importancia son los profesionales a cuya preparación se dedica más celo institucional, los mejor remunerados y aquellos que merecen la máxima audiencia en los medios de comunicación. Como bien sabemos, no es así. La opinión popular (paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de que sin una buena escuela no puede haber más que una malísima sociedad) da por supuesto que a maestro no se dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente inepta para realizar una carrera universitaria completa y cuya posición socioeconómica ha de ser -¡así son las cosas, qué le vamos a hacer!- necesariamente ínfima. Incluso existe en España ese dicharacho aterrador de "pasar más hambre que un maestro de escuela"... En los talking-shows televisivos o en las tertulias radiofónicas rara vez se invita a un maestro: ¡para qué, pobrecillos! Y cuando se debaten presupuestos ministeriales, aunque de vez en cuando se habla retóricamente de dignificar el magisterio (un poco con cierto tonillo entre paternal y caritativo), las mayores inversiones se da por hecho que deben ser para la enseñanza superior. Claro, la enseñanza superior debe contar con más recursos que la enseñanza... ¿inferior? [...]
No soy amigo de convertir la reflexión en lamento. Mi actitud, nada original desde los estoicos, es contraria a la queja: si lo que nos ofende o preocupa es remediable debemos poner manos a la obra y si no lo es resulta ocioso deplorarlo, porque este mundo carece de libro de reclamaciones. Por otra parte, estoy convencido de que tanto en nuestra época como en cualquier otra sobran argumentos para considerarnos igualmente lejos del paraíso e igualmente cerca del infierno. Ya sé que es intelectualmente prestigioso denunciar la presencia siempre abrumadora de los males de este mundo pero yo prefiero elucidar los bienes difíciles como si pronto fueran a ser menos escasos: es una forma de empezar a merecerlos y quizá a conseguirlos...
En el caso de un libro sobre la tarea de educar, empero, el optimismo me parece de rigor: es decir, creo que es la única actitud rigurosa. Veamos: tú misma, amiga maestra, y yo que también soy profesor y cualquier otro docente podemos ser ideológica o metafísicamente profundamente pesimistas. Podemos estar convencidos de la omnipotente maldad o de la triste estupidez del sistema, de la diabólica microfísica del poder, de la esterilidad a medio o largo plazo de todo esfuerzo humano y de que "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir". En fin: lo que sea, siempre que sea descorazonador. Como individuos y como ciudadanos tenemos perfecto derecho a verlo todo del color característico de la mayor parte de las hormigas y de gran número de teléfonos antiguos, es decir, muy negro. Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima [...] Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros. [...] Cobardes o recelosos, abstenerse. Lo malo es que todos tenemos miedos y recelos, sentimos desánimo e impotencia y por eso la profesión de maestro -en el más amplio sentido del noble término, en el más humilde también- es la tarea más sujeta a quiebras psicológicas, a depresiones, a desalentada fatiga acompañada por la sensación de sufrir abandono en una sociedad exigente pero desorientada. De ahí nuevamente mi admiración por vosotras y vosotros, amiga mía. [...]
Nota biográfica de Fernando Savater
El pensador español Fernando Savater.
Fernando Savater nació en San Sebastián, España, en 1947. Es filósofo, ensayista, narrador, dramaturgo y polemista. Se desempeña como catedrático de Ética en la Universidad del País Vasco y como catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Codirige, además, junto a Javier Pradera, la revista Claves de razón práctica y colabora frecuentemente con columnas periodísticas en el diario El País de Madrid y en otros medios internacionales. El valor de educar, La infancia recuperada y Ética como amor propio son algunos títulos destacados de su abundante producción ensayística. Fue finalista del Premio Planeta con su novela El jardín de las dudas y recibió, entre otras distinciones, los premios Anagrama de Ensayo y Nacional de Ensayo, de España.
Arquetipo
Modelo ideal o prototipo perfecto en su especie, grupo o género. La palabra es utilizada usualmente para designar tanto a una figura señera de la humanidad (el Mahatma Gandhi, la Madre Santa Teresa de Jesús, el físico Albert Einstein) como a obras de arte e incluso modelos de automóviles u otros productos de consumo. El vocablo suele ser utilizado, también, para encerrar a una persona en una serie fija de valores perfectos, ideales y virtualmente inamovibles. En este sentido el término puede denotar un significado negativo, frío y deshumanizado.
texto: Luis Gruss

Autores: Savater, Fernando . Gruss, Luis. Entrevista a Fernando Savater: educar es un acto de coraje .

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