Valeria Perasso
BBC Mundo, Buenos Aires
Valeria Perasso
BBC Mundo, Buenos Aires
En la puerta del edificio de la AMIA están anotados los 85 nombres de las víctimas fatales.
En la mañana del 18 de julio de 1994, un atentado con coche bomba contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en el barrio del Once de la ciudad de Buenos Aires, se inscribiría en la historia como el más cruento ataque terrorista que jamás tuvo lugar en el país.
Ochenta y cinco vidas y 15 años después, los familiares de las víctimas y las organizaciones judías argentinas se aprestan a recordar a sus muertos mientras no cejan en sus reclamos de justicia.
La causa de la AMIA, criticada por demoras y encubrimientos, aún no ha sido resuelta en los tribunales. Hace unas semanas, la Corte Suprema de la Nación declaró nula una parte de la investigación y ordenó la reapertura del caso, luego de que se comprobara que el magistrado a cargo, Juan José Galeano, había realizado pagos ilegales a un imputado.
El ministro de Justicia, Julio Alak, reconoció hoy que el castigo a los responsables del ataque representa "una de las grandes deudas que el Estado argentino tiene con todos sus habitantes".
El tradicional acto público que cada julio encabezan familiares de las víctimas y representantes de organizaciones judías en Argentina, fue suspendido este año por la alerta sanitaria dispuesta por el gobierno ante la epidemia de gripe porcina.
Están en exhibición objetos recuperados de entre los escombros del edificio de la AMIA.
Se organizó, en cambio, un homenaje a los rescatistas, que hasta ahora nunca había sido hecho públicamente, y se colocaron en exhibición algunos de los objetos que integraban el vasto archivo y la biblioteca judía de la mutual, recuperados de entre los escombros y guardados hasta ahora en depósitos. Entre ellos, un reloj abollado que quedó congelado para siempre en la hora fatídica, las 9.54 de un 18 de julio.
Esa mañana, 85 personas salieron de sus casas para no volver. Como parte de los homenajes, la AMIA organizó la campaña "Decile lo que nunca dijiste", como un modo de recuperar el costado humano de un episodio que, en estos años, se ha cargado de connotaciones políticas.
BBC Mundo dialogó con familiares de las víctimas para preguntarles qué fue lo que no dijeron a sus seres queridos aquel día, y qué querrían expresar 15 años después. Estos son sus testimonios.
Esta imagen de la camiseta de fútbol de Cristian forma parte de la muestra de fotos "85 vidas menos" de la AMIA.
Cuando los creativos de la AMIA propusieron la campaña “Decile…”, yo sentí que me tocaba de cerca, por lo que pasó aquella mañana. Mi hijo siempre cuando se despedía me abrazaba muy, muy fuerte, como si fuera la última vez, y me decía "Mamá, te amo mucho". Y yo le decía: "Yo también".
Pero ese día era muy temprano, y nos despedimos solamente con un gesto con la mano. Y me faltó ese último abrazo, y el beso, y el "te amo"… aunque tengo muchos dentro de mi corazón, me faltó el último.
No puedo imaginarme que pasaron 15 años. Pese a mi desgaste físico y emocional por tanta lucha, es como si todo hubiera sido ayer. Para mí, cada día es 18 de julio de 1994.
Es muy difícil pensar qué podría decirle hoy porque tengo una imagen congelada de Cristian. Ahora tendría 36 años… y es muy difícil pensar de qué podríamos hablar. Tal vez, de la carrera que él soñaba poder terminar, de los hijos que él tendría y que yo no pude conocer.
Con el atentado destruyeron los proyectos de él, pero también los proyectos que nosotros, como padres, fuimos construyendo para él a lo largo de 21 años
Con el atentado destruyeron los proyectos de él, pero también los proyectos que nosotros, como padres, fuimos construyendo para él a lo largo de 21 años.
Me genera mucha bronca y una gran impotencia que la causa esté parada, que no se haya hecho justicia. El grupo de familiares que trabajamos estamos encima de la causa día a día. Pero así es la Justicia en Argentina. Es una lucha contra los molinos de viento. Cuando estoy por ceder, me levanto porque sé que Cristian estaría haciendo lo mismo por mí.
Miro a mis otros nietos y trato de encontrar algún parecido con Cristian, para poder imaginarme los nietos que no tengo de parte de él. Cuando estoy sola en mi casa, lo llamo en voz alta. Y cada vez que hablo con él, termino diciéndole "te amo, te amo, te amo".
Hoy en día Paola tendría 36 años.
Me fui muy temprano ese día, y no le dije "Paola, levántate", como hacía siempre. Era dormilona, le costaba un poco levantarse, y ese día tenía cosas que hacer.
Cuando nos enteramos de lo que había pasado, fue muy duro: yo era auditor de la AMIA y Paola no trabajaba allí, pero ese día, como empezaban las vacaciones de invierno en la universidad, le pedimos que viniera a ayudarnos en un trabajo que teníamos.
Fue por pedido mío que, por primera vez en su vida, Paola entró en el edificio de la AMIA…
Lo que se me ocurre que me quedó por decirle es "gracias por venir a darnos una mano con ese trabajo"… La tragedia hizo que no le pueda decir eso,y que no le pueda decir nada más en todo lo que me queda de vida.
Paola tendría 36 años hoy… seguramente me habría dado algunos nietos. Si hoy la tuviese, y si las cosas hubieran sido como yo imaginaba, le diría simplemente "hola, ¿cómo estás y cómo están los chicos?".
Básicamente, lucho por saber la verdad y porque todos los que tuvieron que ver con este asesinato colectivo estén donde tienen que estar: en la cárcel
Decía que iba a tener dos hijos varones, que se iban a llamar Kevin y José. Cuando le preguntábamos por qué estos nombres, ella decía "Kevin porque a mí me gusta, y José, ¡porque a papá no le gusta!".
Básicamente, lucho por saber la verdad y porque todos los que tuvieron que ver con este asesinato colectivo estén donde tienen que estar: en la cárcel.
Es una batalla que insumió una energía enorme de todos los que estamos en ella, y sentimos que el resultado es absolutamente desproporcionado al esfuerzo que hicimos.
Pero no podemos permitirnos bajar los brazos. Es importante no sólo para los familiares, sino para toda una Argentina que sea mejor, donde la impunidad no le gane a la Justicia.
Rita Worona tenía 37 años y trabajaba en el sector Sepelios de la mutual judía.
Ella me había dicho si nos podíamos encontrar el sábado, porque teníamos que hablar cosas de los chicos. Yo estaba separado de Rita en ese momento, no vivíamos juntos. Yo le dije: "Mirá, esta semana viene brava. Si no te enojás, lo dejamos para la semana próxima".
Así que… nunca supe lo que me quería decir. Yo podría haberla visto ese sábado y lo postergué, y el lunes la mataron. ¿Qué me quedé con ganas de decirle? Nada especial, las cosas de todos los días. Los que ya no están, con el tiempo, se vuelven cada vez más perfectos en el recuerdo.
Uno piensa: pero si cuando estaba viva yo me peleé, discutimos, tantas cosas… y entonces, ¿por qué yo no estaba viviendo con ella?
A todos nos pasa eso, la muerte los ha convertido en buenos, puros, infalibles, importantes. La sonrisa de Rita en su foto no cambia nunca… y ya pasaron 15 años.
Le diría una vez más lo que le digo cada vez que estoy parado frente a su tumba poniéndole flores: le cuento cómo están los chicos, cómo crecen los nietos que nunca conoció, cuánto se la extraña, cuánto la necesitamos. Le digo que está todo bien, y le paso el "parte diario".
Si éste fuera un país "normal", no tendríamos que haber salido a pedir Justicia, porque la hubiera habido
Cuando tenían 17 y 19 años, mis hijos escribieron el mensaje de despedida en su tumba, que dice simplemente: "Gracias por la esencia". Y eso son mis hijos, la esencia de Rita.
Si tengo que hablar con Rita, un poco hablo con mis hijos…
El atentado ha sido una bisagra en la historia Argentina, una fecha trágica que marcó la historia.
Si éste fuera un país "normal", no tendríamos que haber salido a pedir Justicia, porque la hubiera habido. No hubiéramos tenido que salir todos los 18 de julio para que nuestros familiares no mueran dos veces, una vez por la bomba y otra por el olvido.
Yo hubiera preferido quedarme en mi casa cobijando a mis hijos, y no me dieron elección. Hace 15 años que estoy ausente, porque mi vida es denunciar y luchar para saber la verdad. A mí no me preguntaron, me obligaron a estar donde estoy. Y a Rita no le preguntaron si quería ser una persona asesinada en función de que el papá de sus hijos asumiera la militancia pública.
Pienso seriamente dejar de estar tan expuesto, pero yo sé que mañana a la mañana me va a llamar mi hija y cuando le escuche la voz, a los cinco minutos, voy a estar peleando de vuelta. Por la memoria, y por la justicia.
fuente:BBC MUNDO
15 años reclamando verdad y justicia...
ADRIANA
En cuanto he empezado a basar mi sentido de «quién soy» en percibirme como un alma en vez de solamente advertir mi traje transitorio, el cuerpo, me doy perfecta cuenta de que, como ser de energía espiritual que da vida al cuerpo, soy inmortal. Empiezo a comprender que cambio de traje físico igual que la serpiente muda la piel, pero que yo –el alma eterna- nunca puedo morir.
En el momento de la muerte física, el alma abandona su energía de los órganos del cuerpo y desaloja el lugar que ocupa en el centro de la frente. Se lleva consigo las impresiones acumuladas en esta vida y se introduce en el cuerpo de un bebé nonato, mientras que el cuerpo nuevo todavía se está formando en el útero de la madre. Esto sucede normalmente entre el cuarto y el quinto mes de embarazo. Un alma humana sólo entra en un cuerpo humano. El tipo de cuerpo en el que entra el alma y las condiciones del nacimiento vienen determinados por las acciones pasadas del alma en su vida o vidas anteriores y por la acumulación de intercambios que ha establecido con otras almas. Si no se comprende correctamente este proceso, el abandono de un cuerpo y la adopción de otro suele ser una experiencia que produce un gran miedo y angustia, aunque los detalles de la vida anterior se borran pronto y se viven experiencias nuevas para que el alma no se sienta desbordada y confundida por los recuerdos del pasado.
En cuanto se han desarrollado el cuerpo y el cerebro del bebé, el alma se ha olvidado por completo del pasado y se ha acostumbrado a sus nuevas condiciones de vida y a los padres de su nuevo cuerpo. Sin embargo, aunque el alma normalmente no recuerda detalles de sus vidas pasadas, lleva consigo –en forma de actitudes, tendencias y personalidad– el efecto acumulativo de todo lo que ha experimentado y aprendido. Todo lo que ha aportado a la nueva vida desde la perspectiva genética es la estructura física del cuerpo, la raza, el color de los ojos, la forma de la nariz, etc. Y, a pesar de que el entorno en el que un niño se educa, así como las personalidades de los que lo rodean, sin duda ejercen una influencia en su evolución, sus tendencias y reacciones ante la gente y los acontecimientos no se generan desde la perspectiva biológica sino que son inherentes al alma de las existencias anteriores. Estas impresiones predominantes grabadas en la vida pasada en seguida empiezan a manifestarse y a expresarse en el nuevo entorno.
La vida humana se basa en las interrelaciones entre las almas que, a su vez, se basan en las distintas impresiones presentes en cada una de ellas. Dichas impresiones determinan el curso de la vida, la naturaleza de las actividades del alma y su ubicación física en determinado entorno. Es por ello que normalmente se crea un vínculo entre dos almas que han establecido una relación en una vida, vínculo que las reunirá otra vez en otras vidas. Por esto muchas personas tienen la sensación de haber conocido a alguien antes, aunque aparentemente se encuentren por primera vez. O viven la experiencia de conocer a alguien y tienen una sensación de atracción o repulsión aunque no lo conozcan lo suficiente en la vida actual como para que hayan surgido estos sentimientos. Lo que ocurre es que el alma reconoce a la otra alma –aunque los cuerpos sean distintos– desde la última vez que se vieron.
La reencarnación es un proceso de renacimiento. Con cada nueva muerte llega un nuevo nacimiento y la apertura de un capítulo nuevo en la interminable historia de la vida. Con cada nuevo nacimiento el alma prosigue su viaje a través de la eternidad en el lugar en que lo dejó según sus cuentas en el nacimiento anterior. El alma no es la víctima de un Dios enfadado o vengativo que la condena a una vida de privación o sufrimiento sin motivo aparente. El alma hereda un pasado creado por ella misma. El hecho de que las causas exactas del pasado que motivan las circunstancias de la nueva vida no sean aparentes ni visibles no significa que no existan. Dicho de otro modo, un alma nacida en circunstancias felices no es receptora de la gracia o la bendición de Dios, sino que es el fruto de la recompensa de sus propias acciones generosas y benéficas llevadas a cabo en el nacimiento o nacimientos pasados. Cada alma está constantemente experimentando el efecto de alguna acción pasada y también está plantando las semillas para recogerlas como un fruto en el futuro.
La comprensión de la reencarnación consolida, en la meditación, la experiencia de mi propia inmortalidad, mi existencia eterna como alma. Y esto es una medicina excelente para muchas clases de miedos, ansiedad y pensamientos limitados.
Fuente:Brahma Kumaris
Foto:Palacio del Rey, Malasia... Amo esta foto...la flor de Loto, y el agua , símbolo perfecto ...