jueves, 1 de octubre de 2009

Así sucede...



























Hay tantas historias. Y uno sin poder contarlas. Se van entre los dedos, se pierden en el ruido que trae las otras. Tantas historias encimándose, derrotándose, derrotándonos. Yo quiero contar algunas: las mías y las que voy escuchando. Quien escribe pretende exorcizar el mundo, recuperar un poco de los mucho que perdemos cada día, ir guardando las historias que podríamos olvidar si se van por el río de las horas.

Ha llamado a la puerta la voz de una mujer joven que pregunta si en esta casa alguien habla francés, porque ella anda por el barrio buscando gente que hable francés. Le digo que no y ella me da las gracias. Oigo su voz por el auricular que baja hasta la calle y pienso que en algún momento, de alguna crisis, yo perdí la oportunidad de hablar francés. Y ahora que ella se ha ido tras desearme una buena tarde, me doy cuenta de que también perdí la ocasión de preguntarle para qué anda buscando gente que hable francés. Y tanto perdemos. Lo dije al principio: perdemos las historias: ¿Quién era ella? ¿Por qué mi vecino, el hombre más alegre del mundo, lleva dos meses de estar triste? Ustedes no lo saben, pero si se los cuento no lo podrán creer. Su hijo, que estudia ingeniería civil, lleva cuatro años de sacar diez en todo, en todo todo. Y ahora, hace dos meses, un maestro que reprobó, con excepción suya, a todo el grupo, le puso a él un nueve. ¡Un nueve! Irrumpiendo en la perfecta lista de dieces un loco envidioso le puso un nueve. Y ellos no soportan mirar la lista de calificaciones y verla interrumpida por ese número obtuso que yo amo tanto porque nací un nueve de octubre del año cuarenta y nueve. Si no se gana el litigio con el necio maestro incapaz de entender el placer de lo que luce perfecto, el promedio del futuro ingeniero será de nueve punto noventa y siete. Y están tristes. Ojalá y pueda yo convencerlos de que la perfección no es tal sin un pliegue, una nota que muestra cuánta dificultad hay en todas las demás.

No lo puedo creer. Otra voz toca la puerta. Hay tardes así. A cambio de las intensas tardes en que nadie llama. Es un hombre que pregunta si es nuestro el auto Renault que está estacionado aquí enfrente. ¿Aquí? No sabía que hubiera un Renault estacionado en la puerta. Menos aún sé quién lo vende. Otro al que decepciono. Ni vendo un coche, ni hablo francés, ¿Qué más vendrá alguien a preguntarme?

Oigo una sonata de Beethoven tocándose en el piano que hace sonar el tocadiscos en mi estudio. Patética la llamó él. Gran historia la suya. No estamos para contarla, pero sí para venerar el nombre de quien la dibujó en un pentagrama. ¿Quién ideó el pentagrama? ¿Quién la llave de sol? ¿Cuándo? ¿Cómo es la gente que se emociona al preguntarlo?

Se nos van las historias y nos llegan. No debería decirlo pero, un día, tuve la peregrina idea de enamorarme, como la intensa estúpida que fui, de un director de orquesta. Del mejor director de orquesta que ha pasado por mi país. Y del más guapo. Sin querer lo invoqué cuando fue necesario inventarme al amor imposible de Catalina Ascencio, el personaje de una novela que escribí hace veintitrés años y que ahora, por la mano, el deseo y el trabajo de muchos, se ha vuelto una película preciosa. La primera historia, la que confunde al público haciéndolo creer que todo en el libro es verdad, me la contó mi madre, lo demás lo inventé. Todo menos el título: “Arráncame la vida”, que es el nombre del único tango que escribió Agustín Lara y que yo canto a la menor provocación cuando los demás se emborrachan. Juro que hacer esta película fue otra historia y que hay quienes la cuentan, cada uno a su manera, hasta llegar al que platica cómo era la mujer con quien fue a verla. Me gustó escribir esa historia, más me ha gustado ver cómo otros la recuerdan. Así sucede. Bienvenidos a mis primeras rayas en este blog. Háganme compañía.

Ángeles Mastretta

http://lacomunidad.elpais.com/puerto-libre/posts Este es el blog de esta escritora autora de Mal de Amores, Mujeres de Ojos grandes, Puerto libre entre tantas obras imperdibles.
Un regalo para el alma, en un mundo dónde cuesta encontrar un tesoro, acá encontre uno...
DIsfrutálo...

ADRIANA

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